APOSTOLES DE LAS LUCES OPACAS

01.04.2024 a las 23:56 hs 33 0

APOSTOLES DE LAS LUCES OPACAS

Ilustración y cuento de Oswaldo Mejía.



El antro se hallaba atestado de personas desatadas allibertinaje. La música acompañaba esa atmósfera repiqueteando cadencias algo
sórdidas. El ambiente invadido por la mezcla de olores a sudor, el perfume
barato de las féminas, el impertinente olor a licor, y el humo de cigarrillos
velando la visibilidad de las realidades… Todo apuntaba hacia presagios de un
mal final para esta noche de desenfreno. Era fácil discurrir que,
generalizando, todos los concurrentes eran hampones, prostitutas, matones y
gente de malos vivires. Muchos de ellos vociferaban y se jactaban de ser
imbatibles, quien sabe en qué menesteres. Sólo faltaba un detonante cualquiera,
por pequeño que fuera, para que esa olla de presión explotara… Y ocurrió: Unos
forcejeos, empujones, ofensas desmedidas y amenazas… La gresca reclamó su
rumbo.
Henry era un hampón de media monta, pero era arrogante eintentaba siempre lucir bien, lo que llamaríamos “un chulo”. Llevaba el cabello
bien cortado, camisa blanca y saco de vestir.
Yuto era un homosexual solapado, de figura repulsiva;desgreñado, sucio y descuidado. Su cuello cortísimo, su abdomen abombado y sus
piernas desproporcionadas le daban el aspecto de un batracio anuro.
Ambos salieron al exterior del local haciendo aspavientosy lanzándose injurias entre sí.

El exterior era un terral iluminado únicamente por elplenilunio. En un lugar marginal como este aún no había veredas, asfalto, y
menos alumbrado público..

Los curiosos habían salido en tropel, y ahora formaban uncírculo que delimitaba de manera dinámica el espacio de la gresca, yendo deaquí para allá azuzando a los contendientes.Unas fintas, unas patadas, y luego, dos puñetazoscerteros que hicieron sangrar las narices de Yuto.

Fue entonces que repentinamente en su mano derechaapareció la hoja metálica de la navaja destellando el brillo de su filo a la luz de la luna. Henry no se amedrento, era un tipo curtido en estas lides. Se inclinó, cogió dos pedruscos de regular tamaño, los introdujo en los bolsillos de su saco, se quito el saco, y cogiéndolo por el cuello empezó a revolearlo
como si se tratara de una boleadora. Diferentes armas, pero un mismo propósito…
¡Herir, o quizás matar!

Cual si se tratara de una macabra coreografía, ambosdieron brincos y lances esgrimiendo sus armas.

Por reflejo, Henry calculó que era el momento propiciopara asestar el golpe definitivo y dio un lance de derecha a izquierda con su
improvisada boleadora. Yuto esquivó el golpe inclinándose hacia su izquierda, a
la vez que siguió la trayectoria con la mano armada con la navaja, imprimiendo
un acertado tajo de lado a lado en el abdomen de Henry. Todo fue súbito. Henry
dejó continuar el vuelo de su arma, y se llevó ambas manos a la altura de su
estómago. En su blanca camisa, el repentino manchón de sangre se hizo inmenso,
y luego dio paso a la vista expuesta de vísceras y tripas que sus manos temblorosas ya no pudieron contener.

Ante el estupor de la multitud de testigos, Henry cayó de bruces al suelo, literalmente mordiendo el polvo.

Entre la inmediata confusión, Yuto emprendió la carrera,huyendo entre la noche; cuando creyó estar lo suficiente lejos, arrojó la
navaja a un basural… Como si existiera alguna posibilidad de ocultar su crimen.


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