Aquellos cumpleaños

02.05.2020 a las 23:18 hs 134 0

Alcancé los once años y era hora de encontrar una novia formal. La bella Sandra Pérez, un año menor, asidua al club Platense, estuvo dispuesta a tirar piedritas en mi ventana del Monoblock y a que nos tomásemos de la mano por las calles de Saavedra, Nuñez o Belgrano, a escondidas de los mayores, luego de responder afirmativamente a la pregunta de rigor: “¿Querés salir conmigo?”.


Yo mantenía esa idea romántica e idílica de encontrar a una mujer con la que quisiésemos ir juntos durante toda la vida. Aunque, pensándolo bien, no sé si éste sería el caso. Ella vivía en Superí y Ruiz Huidobro y tenía auténticos dotes de guerrera. Nos reíamos mucho.


Los compañeros del colegio Monner Sanz solíamos organizar “asaltos”. Aprovechábamos fechas de cumpleaños para ampliar el panorama de presencias. Siempre había en el firmamento primas, tías joviales, sobrinas o amigas de ellas que valdría la pena conocer.



la tia May 






El mecanismo era simple y equitativo: las niñas llevaban sándwiches de miga o tartas, y nosotros, gaseosas y jugos.



La música sonaba desde los reproductores Winco, con antiguos éxitos beatle como “Birthday”, “She Loves You” y “Twist and Shout”, o compilaciones como The Rosko Show, Laurent Voulzy Rockollection y Pato C Special.



Los Beatles nos parecían un poquito de "viejos", de la generación anterior, pero nos gustaban. Se alternaba “Just the Way You Are” de Barry White con simples nacionales de Almendra —“Fermín” y “Plegaria para un niño dormido”— y “Rasguña las piedras” de Sui Generis. Los lentos se esperaban con ansias y varios focos desenchufados disimuladamente. “Yesterday”, “Michelle” o “Hey Jude” daban la atmósfera propicia para charlas en el oído.



Durante la danza, se intuía el grado de interés de la chica: o muy permisiva, aceptando avances de rodillas y muslos y pegando su mejilla a la nuestra, o con el efectivo método de sostener los hombros del pretendiente con sus brazos estirados.


A medida que crecíamos, colmábamos funciones matinées y vermouth del Cine Cumbre, erigido en la Avenida del Tejar y García del Río, a escasos metros de la estación de trenes de Saavedra. Su programación no era la llamada “de culto”, sino de westerns al estilo "Trinity" o taquilleras como "Tiburón", "Cupido motorizado", "La aventura del Poseidón" y "Vivir y dejar morir", parte de la saga del Agente 007 con Roger Moore. Títulos anunciados en periódicos y categorizados como “Apta para todo público”, o con lapidarios “No apta para menores de 14 años” y “No apta para menores de 18 años”.


la película de Led Zeppelin, se ofrecía cada sábado trasnoche en el cine Lara de la Avenida de mayo. Su disco "Zeppelin II" era uno de mis tesoros, como "Machine Head" de Deep Purple, en boca de todos.
Ningún aspirante a guitarrista que se preciara de ser tal podía privarse del riff de “Smoke on the Water” o del ritmo frenético de “Highway Star”.



En las noches, sentados en grupo sobre los troncos de lavereda de nuestros humildes edificios, charlábamos sobre bandas como Jethro Tull, Crucis, Sui Generis, Almendra, La Máquina de Hacer Pájaros, Focus, The Who, Van Der Graaf Generator o Gentle Giant. La fantasía de la música había llegado para quedarse, y era un verdadero bálsamo universal...




                                                                                       Fernando Samalea
Gracias por pasar!!!!





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