Lo insólito del amor en el colibrí

05.05.2014 a las 23:52 hs 805 2

Pocas canciones encierran tan elevado grado de lirismo como El Colibrí, canción anónima del siglo XIX cuya paternidad se atribuyen países como Cuba y México. En muy pocas canciones, se logra plasmar en versos la grandeza que implica el empeño por salvar un amor como lo hace este colibrí al intentar rescatar una flor de la corriente, riesgo que es asumido con el sacrificio de su propia vida, al caer agotado al agua y entonces afrontar un destino común para la eternidad.



En realidad, esta especie endémica de nuestro país, ha resultado emotiva inspiración no solo para músicos y pintores a través del tiempo sino que el propio José Martí, dedica profundas reflexiones a partir de la esencia del diminuto pajarito e incluso se ha descrito la emoción del Apóstol cuando al poco tiempo de desembarcar por Playitas, se encuentra con un ejemplar de dicha ave y se queda absorto en su contemplación (**). Quien sabe, si una persona de aguda sensibilidad como la de nuestro Martí, tenía la premonición de que en esa vitalidad de la poética del colibrí, se encierran maravillas que apenas conocemos.

Decidido a comprobar la veracidad acerca de la leyenda de una pareja que tienen a los colibríes como mascotas, nos llegamos hasta casa de Alejandro y Diana para descubrir lo insólito. Por medio de la atractiva presencia de dos comederos diseñados comercialmente para alimentar a semejantes aves, conocí de colibríes de diferentes tamaños y sexos, con personalidades individualizadas, pero todos incapaces de rechazar la oferta del agua endulzada del comedero.




Sostener uno de estos comederos con un brazo en el aire y que estos animalitos se acerquen, después de “escanear” tus condiciones como ser viviente, para valorar si es peligroso o no estar junto a ti, es una experiencia de emotiva sutileza. Pero al conocer que cada uno de ellos tiene un nombre y que responden al llamado del mismo, la indiscutible emotividad de tenerlos tan cerca, se transforma en el cuestionamiento acerca de qué nos estamos perdiendo que no sabíamos. Sin embargo, lo más sorprendente, es que con mucha paciencia, dedicación y amor, el colibrí es capaz de alcanzar un nivel tal de comunicación con las personas, que no solo pueden llegar a habitar dentro de la vivienda sino que hasta son capaces de interactuar como cualquier otra mascota de las que conocemos de siempre.

Si esto que les narro, pudiera parecer ficticio a alguien, ahora mismo en la casa tenemos a Pancholo, pichón de colibrí de apenas semanas de nacido, que continuamente visita nuestro comedero y cada día que pasa, se muestra mucho más confiado y hasta come ya de la mano, con el consiguiente alboroto de toda mi familia.

Quizás el sacrificio de aquel colibrí por intentar salvar a la flor, no se limite a exaltar el verdadero amor entre la pareja, sino que a su vez expone la insoslayable necesidad de amar la existencia con el mismo nivel de entrega como lo demuestra dicha ave en su inédita capacidad para relacionarse con el ser humano.




El Colibrí

(Anónima del siglo XIX)


Crecía una flor a orillas de una fuente,
más pura que la flor de la ilusión
y el huracán tronchola de repente
cayendo al agua la preciosa flor.

Un colibrí que en su enramaje estaba
corrió a salvarla solícito y veloz,
y cada vez que con el pico la tocaba
sumergíase en el agua con la flor.

El colibrí la persiguió constante
sin dejar de buscarla en su aflicción
y cayendo desmayado en la corriente
corrió la misma suerte que la flor.

Así hay en este mundo seres
que la vida les cuesta un tesoro,
yo soy el colibrí si tú me quieres,
mi pasión es el torrente y tú, la flor.






*”Hay un cúmulo de verdades esenciales que caben en el ala de un colibrí, y son, sin embargo, la clave de la paz publica, la elevación espiritual y la grandeza patria”. En: Martí, José. “Maestros Ambulantes”. Tomo VIII, Pág. 288. Obras Completas

**“…se le paró adelante principiando a demorarse en las flores que chupaba, y le causó algo, parece, verlo sostenido sobre el aire sin causar vuelo para adelante. Se quedó esmorecido con aquello.” En Escobar, Froilan. Martí a flor de labios. Editorial Política. La Habana. 1991. pág. 75. Fragmento de la narración de Francisco Pineda al autor del libro acerca de su encuentro cuando era niño con Martí, días después de que este desembarcara por Playitas junto con Máximo Gómez y otros compatriotas.




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