Para qué sirven las medallas de las competencias deportivas?

08.08.2015 a las 06:30 hs 779 0



Cuando celebramos la victoria de un atleta, participamos en un juego que trasciende al deporte. Gritar si gana el nuestro, llorar el himno y la bandera, sentir orgullo de haber nacido en una tierra de campeones… La emoción de la hinchada disimula cómo las pugnas políticas determinan la carrera por las medallas y quiénes pagan la factura por la gloria deportiva.


Guerra en el podio



En grandes eventos como las Olimpíadas o los Juegos Panamericanos, la tabla de medallas describe las victorias y derrotas en una contienda donde se confunden el deporte y la política. Así ha sido casi desde que Pierre de Coubertin revivió el movimiento olímpico a finales del siglo XIX.
En 1936 Adolfo Hitler convirtió los juegos estivales en vitrina del renacer alemán. En 1952, en Helsinki, las tensiones de la Guerra Fría irrumpieron en la competencia cuatrienal. Occidente y el bloque comunista en torno a la URSS trasladaron su enfrentamiento diplomático –traducido en sucesivos boicots—a cada sede olímpica, hasta 1992 en Barcelona. Luego, la emergencia de China como potencia ha resucitado los bríos de la rivalidad con Estados Unidos y algunos países europeos. En los últimos años, Rusia y Brasil también pujan por elevarse al podio, para despejar las dudas sobre su influencia económica y política en el planeta.




Pero no solo las naciones de economía avanzada se enfrentan para demostrar quién es el más rápido, el más alto y el más fuerte. Estados pequeños y subdesarrollados como Cuba también acuden a la arena por razones de política interna y exterior. En el caso de la isla, el gobierno comunista se ha empeñado durante seis décadas en probar que el “deporte revolucionario” –amateur, dependiente de los subsidios estatales y altamente ideologizado—es superior al “deporte profesional”. La debacle reciente en los Panamericanos de Toronto ofrece una clara conclusión.De Coubertin pensaba que el deporte sería un instrumento de paz, inspirado en la tregua olímpica de la antigua Grecia. En realidad, la lucha por las medallas apenas esconde confrontaciones ajenas al espíritu sano de la competición.

El costo de la gloria



Después de no haber ganado una sola medalla de oro en las Olimpíadas de verano de Montreal (1976) y de invierno en Calgary (1988), el gobierno de Canadá lanzó un programa multimillonario de apoyo al deporte de alto rendimiento bajo el nombre de “Own the Podium”. Las victorias en los juegos invernales de Vancouver 2010 y el segundo lugar por países en los Panamericanos de Toronto 2015 confirman la efectividad de ese plan.
¿Una excepción? No, el Reino Unido invirtió más de 264 millones de libras esterlinas en la preparación de sus deportistas antes de Londres 2012. China inyectó también millones de dólares a su estrategia de obtención de medallas, previa a las Olimpíadas de Beijing 2008. Y así ha ocurrido en cada país que aspira a coronar con laureles a sus atletas, una riada de recursos consagrados al deporte de alto rendimiento.


En la carrera por las medallas, los países han priorizado el deporte de alto rendimiento

Pero la factura por tanta “generosidad”, ¿quién la paga? Un ejemplo revelador al respecto es Rusia y los juegos de invierno de Sochi el año pasado, que costaron más de 50.000 millones de dólares. Para financiar las obras el Kremlin acudió a empresarios privados. Ahora esos inversionistas han comenzado a deshacerse de propiedades que generan pérdidas. Moscú, o sea, los contribuyentes rusos, terminarán pagando buena parte de esa cuenta. Y todo por el delirio de grandeza de Vladimir Putin, que deseaba organizar las mayores Olimpíadas de invierno.La historia se repite en otras sedes olímpicas y en países que han recibido mega eventos como la Copa Mundial de Fútbol. ¿Alguien recuerda la fabulosa Arena da Amazonia, el estadio construido en Manaos para la copa de 2014? Naciones menos ricas que Brasil han invertido cuantiosas sumas en competiciones múltiples, para descubrir luego que no pueden pagar el mantenimiento de las instalaciones. Dinero tirado a la basura.
Porque la avidez de los políticos por las medallas tiene poco o nada que ver con la actividad física. En esta carrera por la gloria olímpica, los Estados consagran cada vez más recursos a disciplinas y atletas de alto rendimiento, que prometen oros, y menos a extender la práctica deportiva a todos los ciudadanos. En teoría, los triunfos de las súper estrellas inspirarán a sus compatriotas. Una cortina de humo para ocultar cómo el dinero de los contribuyentes se malgasta en una guerra armada de vanidades.

El rey de la polla

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