“Buscarle tres pies al gato”

01.03.2014 a las 02:48 hs 726 0

Sostiene la bibliotecónoma, filóloga, lexicógrafa y redactora del afamado diccionario que su nombre lleva, María Juan Moliner Ruiz, que la expresión significa: “… buscarle complicaciones a un asunto que de por sí no las tiene”. Otra acepción remitiría a ponerle reparos poco o nada fundados a la conducta o asertos de terceros, un poco porque sí y porque a ver qué dice si me opongo. Con idéntico sentido y usando en metáfora al mismo animalillo, se dice “buscarle la quinta pata al gato”. Tres sería negar la evidencia, excepto, claro está, en casos de mutilación traumática del felino, y cinco una manera deliberada de mal contar, incluyendo la cola en el repertorio de patas. Para resolver el dilema entre tres y cinco, eso sí al estilo y modo salomónico, a alguien se le ocurrió una cuarteta que dice:

El normal cuatro presenta,
tres si le falta una sola,
y cinco si quien las cuenta
toma por pata la cola.


Llegados a este punto, no deja de ser curioso que los debates en torno a las cuestiones gatunas y sus confusiones aledañas se hayan procurado llevar casi siempre al terreno de la lírica. En los Siglos de Oro y del hambre atroz, fue muy frecuente usar gato en preparaciones culinarias, intentando hacer pasar al minino por lo que no era. Así, Quevedo y otros ilustres fedatarios de la época nos refieren que ante las fuentes de cabrito asado o frito que ofrecían algunos mesones, ventas y ventorros, los comensales, antes de hincarle el diente lanzarán sobre él este conjuro rimado: “Si eres cabrito, mantente frito; si eres gato, salta del plato”.



La fraudulenta práctica coquinaria se extendió por los siglos posteriores y a ella se refiere en hondo cantar el periodista y dramaturgo gerundense José Fernández Bremón (1839-1910) en su poema Dar gato por liebre, que dice así:

Elige un gato joven
que tenga buena facha:
llamas al aguador y lo despacha.
Cébale con riñones,
asaduras, mollejas y pichones;
prohíbe darle sustos,
desazones, castigos y disgustos,
y al año o poco más, tendrá el minino
el cogote muy ancho, el pelo fino.
Ya gordo y reluciente,
haciéndole caricias con la mano,
degollarás al gato dulcemente
como si degollases a tu hermano.
Desuéllale con arte,
límpiale bien, y que le oree el viento.
Pásale un espadín de parte a parte
y ásale a fuego lento:
despacio y muy a punto,
báñale con un unto
de aceite aderezado
con limón y con ajo machacado;
en tanto, le volteas;
y sólo a medio asar, es el instante,
con sal le espolvoreas;
no apartando del gato la mirada
hasta que su corteza esté dorada,
y asado el animal y harto de fuego,
con punzantes aromas
le obligue a que le saques y le comas:
si al asarle, seguiste mis consejos,
ríete de las liebres y conejos:
sólo algún mentecato
a quien trates de dar gato por liebre
pedirá que le des liebre por gato.




















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